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Un cambio y aceleración comunicacional

El incremento de la competencia, la estridencia y saturación informativa, la alta entropía del mensaje mercantil por aceleración y masificación de su consumo, el aumento de los ritmos de modificación del propio receptor debido a la permanente innovación de las matrices de consumo y la hipertrofia del cuerpo institucional por proliferación de entidades que deben hacerse oír socialmente, son todos fenómenos confluyentes como causas de la obsolescencia de las modalidades y recursos de identificación y difusión tradicionales.

Los emisores sociales luchan por hacerse visibles y fiables, condenándose a un alto grado de anonimato. Una saturación cuantitativa de operaciones comunicacionales convencionales exige así el paso a un cambio cualitativo en los modelos de comunicación.

Se impone entonces un distinto tipo de presencia de los emisores sociales que tienen que hacerse leer, entender, diferenciar, registrar, en condiciones absolutamente distintas a las conocidas previamente. Esto implica no sólo la alteración de las técnicas de comunicación, sino también y éste es el efecto más fuerte, la alteración de los modos y procesos de identificación.


" ... sintomatiza el desplazamiento del interés social del producto a su imagen, del consumo de «valores de uso" al consumo de «valores de signo»".

La comunicación social y sus medios pasan entonces de área táctica complementaria de la producción a campo estratégico del desarrollo: ya no basta con que los valores existan, es esencial que sean detectados como tales por el emisor social y hechos rápidamente visibles ante sus audiencias. La vida económica de la sociedad con eje en la producción heredó de ésta su modus-operandi silencioso, encubierto; de igual modo la sociedad que se sustenta en el cambio se contagia del carácter bullicioso del mercado. El significante es lo significado. .......... IR ARRIBA

El "packaging" -venta visual de un producto o servicio-, lejos de ser una mera técnica al servicio de la comercialización, constituye hoy una verdadera categoría sociocultural, aquella que sintomatiza el desplazamiento del interés social del producto a su imagen, del consumo de «valores de uso" al consumo de «valores de signo». Si toda dicotomización de lo económico y lo ideológico, lo infra y lo superestructural es teóricamente cuestionable para cualquier estado de desarrollo de la sociedad y de su autoconciencia, hoy dicha dicotomía es ya insostenible en la práctica.

Mientras que en el siglo pasado expresiones como «economía del signo" no habrían querido decir nada, hoy día la economía de lo comunicacional es una temática impuesta -como realidad y como discurso teórico- por los cambios objetivos en la dinámica social. La anunciada mercantilización de todo producto de cualquier práctica social ya se ha hecho efectiva. Los fenómenos de opinión ya no son el mero acompañamiento superestructural de los procesos económicos, sino uno de los motores más dinámicos en la vida del mercado: la ideología ingresa también en el mercado como mercancía y, más drásticamente aún, como medio de reproducción del mercado.

 

En la vida empresarial e institucional, el estado de opinión es un bien de capital.

 


Estos dos desplazamientos articulados -de la producción al cambio y de lo económico a lo ideológico o a la superestructura cultural- son precisamente las dos grandes novedades producidas en nuestro entorno social que han instalado el problema de identificación de los agentes sociales creando el campo propicio para la aparición de la «imagen institucional» como verdadero género comunicacional.

Expansión comunicacional y protagonismo del emisor

La expansión de la comunicación social y su acceso al rango de función estratégica del desarrollo económico implica un cambio importante en los propios modelos comunicacionales.

Lo cualitativo de estas modificaciones puede leerse con mayor claridad en el hecho de que sea el propio campo referencial de la comunicación social el que haya sufrido fuertes reformulaciones: cierto es que se habla más de otro modo; pero lo fundamental es que se habla de otra cosa. Entre el conjunto de modificaciones en la comunicación social de tipo referencial, o sea vinculadas con el entorno o contexto de significación de los mensajes, merece citarse uno por su importancia y por su relación directa con la temática de la comunicación corporativa: el fenómeno que podríamos denominar «desplazamiento de los contenidos del mensaje desde el objeto hacia el sujeto de la comunicacion».


Existe una serie de nuevas condiciones de contexto que convendrá considerar:

•La aceleración del cambio tecnológico (en las esferas de la producción, distribución y consumo) desestabiliza la identidad del producto; al someterlo a una redefinición permanente, lo desdibuja.
• Desde el punto de vista comunicacional, eso implica una aceleración de los procesos de deslegitimación y relegitimación de la mercancía que la vuelve inoperante como soporte y/o argumento de la comunicación.
• Por otra parte, la progresiva socialización de la calidad tiende a eliminar las diferencias reales entre los productos de un mismo tipo, lo que imposibilita toda confrontación en el mercado basada en los valores diferenciales del producto.

El desplazamiento del valor de lo objetivo (producto) a lo subjetivo (productor) desplaza asi los contenidos de la comunicación hacia la identidaddel emisor.

La Imagen que POTENCIA su actividad profesional

La identidad corporativa circula predominantemente por capas sumergidas, indirectas, semiconscientes o subliminales, privilegiando así a los discursos no verbales, o sea los canales no tradicionales de comunicación. Gracias a esta priorización del emisor, el concepto de comunicación tiende a subsumirse dentro del concepto más global de imagen, en tanto que re-presentación del emisor.

Los emisores sociales luchan por hacerse visibles y fiables, condenándose a un alto grado de anonimato. Una saturación cuantitativa de operaciones comunicacionales convencionales exige así el paso a un cambio cualitativo en los modelos de comunicación.

Se impone entonces un distinto tipo de presencia de los emisores sociales que tienen que hacerse leer, entender, diferenciar, registrar, en condiciones absolutamente distintas a las conocidas previamente. Esto implica no sólo la alteración de las técnicas de comunicación, sino también y éste es el efecto más fuerte, la alteración de los modos y procesos de identificación.


" El concepto de imagen, dinamizado por el mero incremento de su consumo verbal, experimenta una verdadera potenciación de su contenido y función semántica".

Este proceso no se detiene en el protagonismo del emisor, sino que, en un segundo movimiento, revierte sobre la realidad proyectando sobre la oferta los modelos identificatorios del sujeto. Se produce asi una segunda versión del proceso de subjetivación entidades cuya imagen era un resultado espontáneo, puro efecto pasivo, cobran ahora institucionalidad y, con ello, una identidad intencional, ejercida y manipulada conscientemente. Se habla asi de la "imagen de un país», la «imagen de una ciudad», la "imagen de un barrio», la "imagen de un género cultural», etcétera, como de verdaderos sujetos con personalidad; entidades tácitas que mediante su acce- so a la dinámica de la imagen adquieren un yo social.

El proceso de subjetivación del mensaje posee entonces un doble sentido: como desplazamiento del interés hacia el emisor y como creación de sujetos atípicos que previamente no existían como tales. La comunicación social se transforma asi en un mecanismo de instalación de entidades imaginarias en lo colectivo, cualquiera que sea la naturaleza real de éstas. En tanto que entidades subjetivadas todas son emisores, reales o virtuales.

La imagen institucional: un sujeto diseñado

En el contexto anterior puede comprenderse entonces que el conjunto de emisores sociales (instituciones políticas, gremiales, económicas, culturales, etc.) sean sometidos a una presión externa proveniente de las nuevas relaciones objetivas del intercambio, y que esta presión externa les exija una respuesta activa. Dicha respuesta es la intervención consciente, voluntaria y sistemática en sus propios medios de comunicación, ya no sólo los específicos (la publicidad en sentido amplio), sino el conjunto integrado de recursos directos e indirectos (la «imagen» en general).


La progresiva reducción de la eficacia de los medios de identificación o promoción tradicionales impone la necesidad de apelar a cuanto recurso de identificación y valorización se disponga: el cuerpo institucional se hipersemantiza.

Dicho de otro modo, la «publicidad» -su función esencialmente persuasiva- sufre un desplazamiento hacia áreas no convencionales, recanalizándose en términos de «imagen». La «imagen corporativa» se expande conceptual y prácticamente invirtiendo esa relación: la publicidad, en cualquiera de sus modalidades, constituye ahora uno de los tantos canales de emisión de la imagen corporativa.

La totalidad de los recursos de la gestión regular de la entidad adquieren una dimensión publicitaria, y la propia actividad y sus instrumentos adopta la segunda función de ser mensajes promotores de sí mismos.

 


De la gráfica hasta la indumentaria del personal; de la arquitectura y el ambiente interior hasta las relaciones humanas y estilos de comunicación verbal; de los recursos tecnológicos hasta las acciones parainstitucionales; todos los medios corporativos -materiales y humanos- se convierten en portavoces de la identidad del organismo, o sea «canales de imagen». Esto redunda en que todas las decisiones que provoquen directa o indirectamente efectos de imagen (selección de mobiliario o indumentaria, edición de comunicados, programación cultural, normas laborales y de relaciones personales, tipo de diálogo interno, denominación de productos, servicios o marcas, etc.) cobren una importancia inédita, al punto de exigir una atención especializada y un tratamiento técnico sistemático.

Si bien las acciones de imagen y comunicación constituyen una actividad presente en toda etapa del desarrollo empresarial e institucional, sólo en la actualidad dicha actividad adquiere una importancia estratégica y, por ende, deviene progresivamente una actividad regular, consciente y voluntaria.

Las actuales condiciones del intercambio imponen una radical pérdida de ingenuidad de los actores sociales: el proceso de subjetivación ya citado desplaza los centros de atención del mensaje hacia él propio orador; su actividad -incluso la comunicacional- pasa a ser un canal más de su propia imagen.

Por lo tanto, formular un sistema de recursos integrales de imagen de una institución es optar por una determinada caracterización de la modalidad y el temperamento con que dicha institución se integra y opera en el contexto social, o sea un conjunto de atributos concretos de identidad.

La implicación primera y más importante de este desplazamiento es que el diseño de un perfil de imagen institucional conduce necesariamente a un planteamiento (o replanteamiento) de la identidad institucional, pues la imagen es el efecto público de un discurso de identidad.

Controlar la imagen es actuar sobre la identidad, o sea crear -o recrear- a un sujeto comercial o institucional. Esta tarea excede por completo la labor de los «medios». Gran parte de la creatividad social se desplaza entonces hacia el área de la comunicación en respuesta a una demanda de aumento de fluidez y eficacia de canales y mensajes, actualización de códigos, capacitación de emisores y creación de interlocutores válidos.


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